Cuando decidieron sumarse como voluntarias al equipo de soluciones del Proyecto Semillas, no imaginaban el impacto que esta experiencia tendría en sus vidas.
Su rol consistía en acompañar a mujeres jóvenes en su proceso de inserción educativa y laboral. A lo largo del proyecto, fueron testigos de cómo herramientas concretas, como la elaboración de un currículum, la preparación para entrevistas y el desarrollo de habilidades personales, abrían nuevas oportunidades para las participantes.
Pero el verdadero valor de la experiencia fue más allá de lo técnico.
“Lo más importante fue el espacio de apoyo y contención que se generó”, comparten. En cada encuentro, no solo se trabajaban habilidades, sino también se construían vínculos. Escuchar historias, compartir miedos y celebrar logros permitió crear un entorno de confianza donde cada participante podía sentirse acompañada.
Este proceso también dejó una huella profunda en quienes acompañaban. A través de las historias de las jóvenes, las voluntarias se enfrentaron a realidades distintas, marcadas por desafíos constantes. “Ellas nos enseñaron lo que significa luchar por un futuro mejor, incluso cuando las condiciones no son fáciles”, reflexionan.
Esa experiencia transformó su manera de ver el mundo. Les permitió reconocer el valor de la empatía, del acompañamiento y de las oportunidades que muchas veces se dan por sentadas.
Más allá del aprendizaje, lo que se construyó fue comunidad.
“Nos sentimos parte de un grupo que se apoyaba mutuamente”
Ese sentido de pertenencia, junto con el impacto generado, reafirmó su compromiso de seguir participando en iniciativas que generen cambios reales en la vida de las personas.
Su historia es un reflejo del poder del voluntariado cuando se vive desde la conexión humana y el propósito compartido.




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